sábado 30 de junio de 2007

Lo enfermizo en Sicko


Roberto Madrigal

Hace unos días noté,
en la blogosfera cubana, lo que entonces me pareció una excesivamente prematura reacción al inminente estreno de Sicko, el mas reciente documental de Michael Moore . Ya se había propagado el avance de que en su filme Moore llevaba un grupo de bomberos, paramédicos y otros voluntarios que participaron en las labores de rescate del atentado del 11 de septiembre y que a consecuencia de ello habían contraído enfermedades respiratorias y psicológicas, a Cuba, para que recibieran el tratamiento médico que por una razón u otra se les estaba negando en su propio país.
La indignación con la que al algunos blogueros saltaron a disparar salvas contra la película, me pareció exagerada y ciertamente intolerante, aunque por muchas razones, comprensible y justificada. No me gusta anticipar una obra de arte (o de entretenimiento comercial) y censurarla a puro prejuicio, por muy loable y razonable que sea la causa.
Yo tuve que imaginarme muchas películas cuando vivía en Cuba, tuve el raro privilegio de entrenarme en el oscuro y refinado arte de visualizar películas a partir de críticas, reseñas, comentarios y de cómo la contaban los elegidos que las habían visto. Resultó a la larga que los productos de mi imaginación superaban a su versión real, pero es mi mayor deseo que ese arte desaparezca y aunque muchas veces nos asiste la razón, no me gusta la receta de prejuiciar a nadie. No es que no tenga prejuicios, pero trato de oponerme a ellos.
A estas alturas ya todos debemos saber quién es Michael Moore. De hecho, él no se esconde, disfruta de cualquier tipo de atención y le encanta que todos conozcamos sus inclinaciones, sus opiniones y sus afiliaciones. Todos los documentalistas del mundo, y en especial los de Estados Unidos, le tienen que agradecer eternamente que hizo trascender un oscuro género, relegado a exhibirse en la televisión pública que ya nadie ve y en los cada vez mas escasos cines de arte, a las pantallas de los centros comerciales y a la distribución masiva en DVDs. Sin Michael Moore, Albert Gore no se hubiera ganado un Oscar y nadie le hubiera prestado atención a su documental sobre el calentamiento global.
Es curioso, porque este mal llamado documentalista se especializa mas bien en docudramas. Cualquiera que haya visto con detenimiento Roger and Me o Bowling for Columbine o Fahrenheit 9/11 sabe que sus técnicas son propias de la agitación y la propaganda. Moore no convence más que a los que están convencidos antes de entrar al cine, el solamente agita sus sentimientos y promueve su agenda. Toca un tema, controversial o no, como la indiscriminada avaricia de los ejecutivos de la industria automovilística, la violencia en la juventud y la sociedad americana, o la idiotez de la Guerra de Iraq, y se encarga de acumular, caprichosamente, datos y hechos que se ajusten a su objetivo. Ciertos en su mayoría, pero una verdad que no se cuestiona ni el hecho ni la fuente. En sus documentales no hay voces disidentes, no hay contrapunto, no se enfrentan puntos de vista. El nunca hubiera dirigido o escrito Rashomon, no es lo suyo.
Sus datos hay que aceptarlos tal y como él nos los ofrece. Su objetivo es ser incendiario, no convincente. Por otra parte, él siempre es personaje central en sus obras. Es un pésimo actor, pero hace muy bien de Michael Moore. Su mayor mérito es que no se avergüenza de ello ni ostenta ser ninguna otra cosa.
El valor estético de su obra es irregular. Utiliza los elementos más convencionales del cine comercial y abusa del lugar común, el cliché, el golpe bajo y el chiste barato. Además, es paternalista y condescendiente con los sujetos que entrevista y utiliza. Se burla de ellos despiadadamente, se ceba y se aprovecha de sus desgracias y luego les pide su reconocimiento. Tiene una tendencia muy fuerte a la simplificación de los temas. A veces, acierta artísticamente, como en Roger and Me, otras veces apunta al Morro y le da a La Cabaña, como en Fahrenheit 9/11 (sí, dolorosamente confieso que he visto todo Michael Moore y hasta he tenido el disgusto de conocerlo personalmente).
Conocedor del tema de su más reciente producto, como cubano y disciplinado amante (quisiera llamarme crítico) del cine, me dispuse, tras varios ejercicios de Tai Chi, media hora de Yoga, y mil repeticiones de anamnmiojorenguekio para calmarme los nervios, como un Cristo del Multiplex, a sufrir por mis congéneres en la primera función del día del estreno de Sicko.
El tema no es nada controversial. Sicko está dedicada a criticar el sistema de salud de los Estados Unidos, sobre cuyos defectos todo el mundo está de acuerdo (excepto las compañías de seguros y las industrias farmacéuticas). No se concentra en quienes no tienen seguro, sino precisamente en los que están supuestamente bien protegidos. No hay dudas de que mucho tiene que estar podrido en un sistema de servicios médicos que está basado en el lucro, lo sé de primera mano, porque trabajo en él. La primera parte de la película se dedica a ejemplificar, arbitrariamente, las crueldades del sistema. Utiliza medias verdades, escamotea la complejidad del tema y simplifica el asunto, pero no hay nada nuevo bajo el sol en lo que dice, mas bien redescubre el agua caliente.
Luego salta a establecer comparaciones con el sistema de salud nacional socializado imperante en Canadá, Gran Bretaña y Francia. Aquí no sólo estereotipa y empobrece sus disquisiciones con un efectismo barato, sino que además, ausente en la primera media hora, nos castiga con primeros planos de su rostro mofletudo. Si se limitaba a ser la voz narrativa en la primera parte, ahora se convierte en narrador y protagonista. De nuevo, los ejemplos están escogidos a capricho y como es usual en él , lo que estipula no se discute. Son sus verdades absolutas. Las aceptan o se van del cine. No voy a entrar a discutir las bondades o los horrores de estos sistemas de servicios médicos, no porque no tenga opinión, sino porque no es mi objetivo. Baste con decir que Moore presenta una visión edulcorada de ellos y que si uno le sigue el hilo, se tiene que preguntar qué hago aquí sentado en el cine y no en la internet sacando un pasaje para coger el primer vuelo a París, o a Londres, o a Montreal. A la larga, la película se convierte en una oda a Francia, quizá en agradecimiento al premio que recibió en Cannes por Fahrenheit 9/11 y esperando más retribuciones galas (no en balde decidió hacer su estreno mundial en el festival de Cannes de este año, esta vez fuera de competencia).
Pero lo mejor (o lo peor) lo deja para el final. Con la excusa de que se enteró que a los prisioneros de la base de Guantánamo se les ofrece el mejor cuidado médico disponible en los Estados Unidos, recoge a un grupo de voluntarios, bomberos y paramédicos que participaron en las labores de rescate después del atentado del 11 de septiembre que han contraído supuestamente como resultado de ello, enfermedades respiratorias y psicológicas, los une con otros de los personajes enfermos que ya habíamos visto en la película y zarpa de Miami en tres yates con destino a Guantánamo. A una supuesta inquisición de los guardacostas americanos, les responde que no van a Cuba, sino a la base de Guantánamo, que es territorio americano. Luego utiliza un recurso chistoso, oscurece la pantalla y sale un impreso diciendo que no puede revelar como llegó porque Homeland Security se lo prohíbe, pero de repente aparece mirando hacia la base de Guantánamo, desde suelo cubano. ¡Qué montaje! ¡Cuánto habrá tenido que hacer y prometer para que le dejaran desembarcar en Cuba, que es obviamente donde primero llegó!
Luego desde el mar, grita hacia la base que solamente pide que a estos enfermos se les de el mismo tratamiento que a los prisioneros. De más está decir que no lo dejan entrar en la base.
Luego se hace el ingenuo: "Oh, estoy aquí, perdido en el tercer mundo, ¿habrá algún médico en los alrededores?". Sin escala y sin saber como, espontáneamente salta de Guantánamo a La Habana. Se acerca a un grupo de jugadores de dominó que oportunamente le explican que en la misma cuadra hay médico y farmacia, a lo que él responde con asombro fingido (ya nos podemos imaginar de donde salieron los jugadores de dominó). Se ven unas cuantas imágenes de Cuba, que nada tienen que ver con lo que se refleja en Un arte nuevo de hacer ruinas ni en muchos de los otros documentales recientemente filmados en Cuba, pero quizá le agradezco eso, al menos no hizo explotación turística de la miseria y ya esas imágenes se van convirtiendo en un huésped demasiado frecuente en las pantallas. De ahí salta a una farmacia de una limpieza impecable en la cual tienen medicamentos similares a los que a los enfermos se les vende en los Estados Unidos, por supuesto, a precios cien veces mas bajos, y que aparentemente están disponibles para todos los cubanos (no se sabe si de los envíos que hacen los familiares de Miami o de las ayudas caritativas de las organizaciones religiosas americanas). Las farmacéuticas están relucientes y mas amables no pueden ser. De ahí van al hospital Ameijeiras (no menciona que tomo mas de treinta años terminar su construcción y que fue el edificio del Banco Nacional). Ahí los recibe una comitiva de médicos encabezada por un camarada que echa un discurso de bienvenida muy bien pensado y sin aspirar una r ni una s (jamás en mi vida me recibieron en Cuba de esa manera). Moore les pide que los traten exactamente igual a como tratan a los cubanos. De ahí pasan a habitaciones impolutas con camas inmaculadamente limpias, galenos atentos y cariñosos y equipos médicos de la más moderna tecnología. Todo de inmediato y sin problemas. Yo hace 27 años que no piso Cuba, pero supongo como esto encandilará a algún recién llegado. Esta parte huele a falsa incluso desde el punto de vista cinematográfico. Es de una teatralidad burda. Además nos endilga una serie de datos sobre la excelencia de la salud en Cuba sin que ofrezca la fuente de donde los obtuvo y por supuesto, sin el menor cuestionamiento de los mismos.
Por si fuera poca la hipocresía y la mala leche de Moore, nos somete a un teque sobre la calidad de la medicina cubana y la inhumanidad de la americana, ofrecido por, nada más y nada menos, la doctora Aleida Guevara, a quien identifica, con letricas, sólo como una pediatra y con su cargo profesional. No nos dice que es una portavoz del gobierno ni mucho menos que es la hija del Che. Por cierto, parece que los genes son muy fuertes, pues aparte de que su mama es cubana, tengo entendido de que siempre ha vivido en Cuba y habla con un acento que la hace sonar como una gaucha insufrible.
Para culminar el tinglado, lleva a estos infelices a visitar un cuartel de bomberos de La Habana, donde los esperan, muy espontáneamente, en formación y con sus trajes de trabajo convenientemente almidonados (parece que hace meses no ven un fuego) todo el cuerpo del cuartel con su jefe uniformado a la cabeza, quien no pierde ocasión para echar panfletario discursito solidario. La única verdad que dicen es que hubieran deseado estar con ellos ayudando el 11 de septiembre, es probable que más de la mitad no hubiera regresado.
Ni el ICAIC hubiera podido hacer propaganda mejor. La desvergüenza de Moore es imperdonable. Perdónenme amigos blogueros, tenían razón en indignarse anticipadamente, sigo sin estar de acuerdo con el método, pero reconozco su razón. Ahora todos pueden darse por avisados. Espero que con los que les he contado no se animen a verla para así no engordar las arcas de Moore. Sicko enferma.
Fui a la función de la una y media de la tarde y habría unas cincuenta personas en la sala. Cuatro o cinco se fueron antes del fin, porque honestamente, a veces aburre con su monserguita. Pero al llegar los créditos finales, hubo aplausos de apoyo.
Cincinnati 29 de junio del 2007.
Fotografía superior: El doctor René Rodríguez es un médico de Miami que disputa la certeza de lo que plantea Michael Moore en su nueva película (Carl Juste/The Miami Herald).
Fotografía izquierda: una residente de Manchester, New Hampshire, escucha al cineasta Michael Moore tras la exhibición de Sicko (Cheryl Senter/AP).
Fotografía derecha; un cartel de publicidad de película en la capital norteamericana (Paul J. Richards/AFP/Getty Images).
Fotografía inferior: Michael Moore en Denver (David Zalubowski/AP).

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Despues de ver la pelicula pirateada, y leer esta critica, me han quedado dos cosas muy claras:

- El sistema de salud americano es estupendo y los demas son malisimos

- Michael Moore es un manipulador que miente, mientras Alejandro Armengol dice toda la verdad y nada mas que la verdad.

internete
1234567

6:35 AM  
Anonymous Anónimo said...

acerca de la pelicula de michael moore

estimado señor periodista: escribo desde argentina para decirle que conozco casos de inmigrantes uruguayos en eeuu (el hermano de una vecina) que tienen que pagar sumas altisimas por tratamientos minimos, como inmigrantes aportan trabajo barato y desarrollo a esa nacion y son tratados de esa manera, esos inmigrantes se deben cuidar de asistir a ciertos lugares para no ser deportados. A su vez conozco gente gente que ha viajado a cuba y sostiene que hay mucha pobreza, pero la salud y educacion son exelentes: niños leyendo en las plazas!!!, doble escolaridad, etc. Muchos argentinos realizan sus tratamientos en Cuba.
Con respecto a la pelicula confieso que me emocione cuando los norteamericanos son recibidos por los bomberos cubanos: ellos no conocen el ODIO ni el RACISMO, ni la DISCRIMINACION, aspectos tan comunes en la vida de estadounidenses, y tan simplemente por eso es que los acompañantes de moore se emocionan.
A su vez me gustaria saber que clase de libertad se respira en su pais donde se erije una muralla (similar al muro de berlin) al sur del pais, para bloquear la inmigracion mexicana, que despues de todo son emigrantes al igual que usted y otros cubanos radicados en eeuu.

saludos.....espero aportar a su vision acerca de la pelicula

marcos_serra@hotmail.com

8:07 PM  

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