sábado 28 de junio de 2008

La canción de Mignon y el Wilhelm Meister habanero

EDUARDO GONZALEZ

Kennst du das Land [conoces la tierra]...?
Goethe, Wilhelm Meister

Lugar común es el parecido ejemplar entre Paradiso y Wilhelm Meister, a partir del momento (capítulo ix de la novela de Lezama) en que José Cemí se atribuye a sí mismo (con “arrogancia de adolescente”) esta frase subrayada en su lectura: “¿A qué pocos varones les ha sido otorgado el poder de presentarse siempre de modo regulado, lo mismo que los astros, y gobernar tanto el día como la noche, formar sus utensilios domésticos; sembrar y recolectar, conservar y gastar, y recorrer siempre el mismo círculo con calma, amor y acomodación al objeto”.(Paradiso Edición Crítica Archivos, 234). El “momentáneo orgullo” que le impulsara a escribir “¿yo?” al margen del texto goetheano le parece a Cemí “aceptación de una amorosa confianza”, no “tentación de una luciferina vanidad omnisciente” (cree el joven Cemí haber sido conjurado por la frase, por su “alusión a la costumbre de los astros,” por su “ritmo de eterna seducción creadora,” por el “Eros que conocía como las estaciones”). No hay sin embargo Eros alguno en la frase de Goethe, aprendida por Lezama en traducción de Juan Ramón Jiménez (“Wie das Gestirn, / Ohne hast, / Aber ohne rast...”): “Como la estrella, / sin prisa, pero sin tregua” o “Como el astro, / sin precipitación y sin descanso” (P 489, nota 7). La frase afirma el quehacer poético, en alianza emblemática con los astros, que permanecen sólo en apariencia indiferentes al destino ético del artista creador. La voluntad creadora de José Cemí se adhiere a tal destino animada por la energía del Eros —principalmente homo-erótico. La energía es trans- y homo- erótica— animadora de su persona y de la doble persona que integran sus amigos Eugenio Foción y Ricardo Fronesis.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el Wilhelm Meister y con la tan peregrina como sublime noción de que Paradiso sea su equivalente cubano?; i.e. “nunca admitió José Lezama Lima que José Cemí fuera él mismo, sino un presunto trasunto de su personalidad, un Wilhelm Meister habanero” (La frase es de Eloisa Lezama Lima en su edición Cátedra de Paradiso).
Primero que todo salta a la vista lo disímil de las respectivas tramas, si se toma en cuenta que Wilhelm Meister es hijo de un mercader acaudalado y José Cemí huérfano de un coronel de artillería de escasa fortuna; que Wilhelm desde temprano tiene relaciones íntimas y fracasadas con una actriz, mientras que José (C/Semí) permanece virgen hasta su litúrgica (mysterium coniunctionis) boda mística con Ynaca (Oppiano Licario capítulo v), de la cual nacerá una hija; que Wilhelm se integra a una compañía de teatro itinerante y logra realizar Hamlet, mientras que José permanece en casa, cuando no adscrito al falso y sobrevalorado diálogo de los soliloquios sobre la homosexualidad (los dilatados parlamentos suyos y de Fronesis y Foción sobre la bestia quimérica de la sodomía).
Wilhelm Meister se casará con una preciada hija de la nobleza, luego de iniciarse en la sociedad secreta que ha custodiado sus andanzas (grupo parecido a los francmasones, en una de cuyas logias de Weimar Goethe había ingresado en 1780). Por su parte, José Cemí casa a su hija con el hijo de Foción y permanece -más que soltero- viudo de su innombrable (quizás anagógico) erotismo homosexual platónico.
La niña circense y maromera con la cual Focioncillo se encuentra en lo fugaz de un pastiche burlesco del Oppiano en París evoca a la sublime y cardinal criatura de la impúber Mignon en la novela de Goethe, quizás el personaje menor más notable y reciclado de la literatura romántica europea.
Resulta pues que las desemejanzas entre Wilhelm Meister y José Cemí se expanden (cual leves ondas concéntricas en agua turbia) a partir de tales mutuas extrañezas, llegando a constituir un parecido sublime orlado por lo grotesco. Es de suponer que (según la interpretación antigua y medieval asociada con la Biblia, San Agustín y Dante) se necesitaría emplear en este caso la lectura de grado anagógico. Según lo cual el sentido trascendente se alzaría por encima del renglón literal, más allá del quehacer mundano, el de las vidas sólo consignadas en su intrascendente individualidad.
Son, efectivamente, las interpretaciones de tenor simbólico, alegórico y anagógico las que mejor ponen de relieve espectrales semejanzas entre Wilhelm Meister y Paradiso/Oppiano (semejanzas que resultan en nada ennoblecedoras al ser juzgadas, precisamente, de acuerdo a los criterios que impulsan la deseada semejanza entre las novelas de Goethe y Lezama, según los genéricos cánones idealistas del Bildungsroman). El parecido entre ambas obras deja de ser obvio o genérico para revelar lo que muchos considerarían innoble. Innoble si los riesgos morales prevalecientes en el entorno alemán de Wilhelm Meister se reprodujeran en el ambiente habanero de José Cemí. Pero es que dichos riesgos por supuesto existen en torno a Cemí y en su interior urdimbre ética. La ironía radica en que la pretendida semejanza suya con Wilhelm Meister se constituye para negar (rechazar o verwenfen) dichos riesgos en su fundamento homosexual.
Se revela así la semejanza inédita entre las obras del genio de Weimar y el minotauro de Trocadero: no es la ejemplaridad moral sino su infracción perversa lo que asemeja Paradiso con Wilhelm Meister al quedar insertas estas dispares obras en el ámbito genérico del Bildungsroman. Las asemejan innobles semejanzas. Semejanzas en clave mayor: capaces de reengendrar el oscuro prestigio del daimon instanciado en Eros. Eros el “dulceamargo” o amargodulce (glukupikron)—el epíteto es de Safo.
Dichas semejanzas se estampan en las figuras (inéditas aún en la interpretación y comentario de Paradiso) del melancólico arpista y la misteriosa criatura Mignon, niño andrógino encarnado en niña travestí y acróbata, salidos ambos (por gemelitud) del mundo de los saltimbanquis, de la cuerda floja y del inmemorial malabarismo juglaresco (Glauker). Wilhelm compra por treinta Taler a la niña cuando esta recibe una paliza del arpista y acróbata-en-jefe (Seiltzänger), luego de negarse a bailar una especie de fandango sobre un piso cubierto de huevos de gallina (como lo hará—con los ojos vendados— ante su nuevo amo, Wilhelm). Convulsa y espasmódica, la criatura Mignon es una perenne niña, violada por su propia concepción incestuosa: la del arpista con su hermana. La histeria de ménade danzante que consume a la sublime niña Mignon se ha relacionado con la iconografía de la hembra chamanska ruso-asiática, cuyo descubrimiento y moda afectaron mucho la sensibilidad artística de Goethe. (Gloria Flaherty, Shamanism & the Eighteenth Century. Princeton, 1992).
Perenne criatura niña de niño prematuramente muerto, Mignon sirve de espíritu (daimon) tutelar (Schutzgeist) de Félix, el hijo que Wilhelm tuvo con la malograda Mariane. En la época de oro de la especulación psicoanalítica, Phillip Sarasin (1917) interpretó el incesto del arpista con la hermana en términos de un recuerdo de infancia hallado en Dichtung und Wahrheit en relación con la muerte de cuatro hermanos y hermanas menores de Goethe.
El imaginario incestuoso de Goethe con su enfermiza hermana Cornelia (de rebote en Mignon) había sido ya elaborado por Otto Rank en un capítulo de Das Inzest-Motiv in Dichtung und Sage (1912). La especulación analítica de corte clásico culmina con la monumental biografía (1963) de K. R. Eissler, Goethe: a Psychoanalytic Study (1775-1786). Con aplomo edipiano y copiosa erudición, Eissler reduce a un caso de orgasmo infantil el turbulento trance de Mignon ante la partida y pérdida de Wilhelm (La precoz niña se siente sedutta e abandonatta).
Más allá de la obligatoria reducción psicopatológica, es preciso reconocer (y apreciar sin prejuicios historicistas) cómo la sensibilidad especulativa de Freud y sus primeros epígonos se forjó involucrada en lecturas de signo novelístico tendentes a derrocar sus propios vaticinios clínicos.
La semejanza entre Paradiso, Oppiano Licario y Wilhelm Meister pertenece a la hermanita-hija-madrecita Mignon, cuyo primer padre (el arpista) era de cierta manera su tío, y cuyo último amor (prematuro, póstumo, inconsumable) fue con el padre-hermano, con el falso y adorador hermano amante, Wilhelm. No es otra la semejanza anagógica—por gemelitud homo-erótica—entre Tío Alberto y el desaparecido padre de José Cemí, cuñado suyo (y su hermano adoptivo), el coronel José Eugenio. (Gemelitud inventada por Cemí/Lezama, incorporándose al papel de Mignon, que así se transforma en la aborigen figura sintética de la quimera Ynaca Eco Licario: hermana, hija, madre, esposa, amante-novia, amante-novio, viuda de sí misma, viudo de ella misma.)
No es esta la ocasión de trenzar las fibras del mito familiar en la obra de Lezama. Los conocedores de Paradiso y Oppiano Licario pueden adumbrar la inédita semejanza entre el milagro turbulento de Mignon y los paroxismos que frenetizan ciertas páginas de la trunca y póstuma novela del maestro de Trocadero.
Habría que regresar al Oppiano (y retroceder a Paradiso) para componer el himno anagógico que se haga eco de la canción de Mignon, esa especie de balada, de torch song o canción-antorcha en que Goethe, pensando en Italia, nos pregunta si conocemos la tierra (“Kennst du das Land?”) “donde crece la flor del limón, y donde, tras oscuro verdor, brillan doradas las naranjas y la suave brisa sopla del azul añil.”
Professor Eduardo González
Head of the Spanish and Latin American Section
Department of German and Romance Languages and Literatures,
The Johns Hopkins University
Fotografía: Museo del Chocolate en La Habana. Cuaderno Mayor agradece a Javier Santos por la autorización para publicar esta fotografía.