sábado, 13 de enero de 2007

Silencio bajo protesta




Controlar a los intelectuales ha sido uno de los mayores esfuerzos del régimen cubano. También uno de sus fracasos más manifiestos. La actual oleada represiva no es otra cosa que el capitulo más reciente de esa batalla con pausas entre Fidel Castro y los escritores y artistas, que se inició el primero de enero de 1959.
Caduca la opción bélica contra el régimen; estancada desde hace años en acciones estériles la mayor parte de las respuestas del exilio frente a Castro; inoperantes y caducas las sanciones económicas; agotadas las gestiones políticas internacionales de todo tipo, el gobierno de La Habana aún no se siente tranquilo: quienes piensan y escriben resurgen una y otra vez para cuestionarse el sistema. Periodistas, economistas, ingenieros, profesores y bibliotecarios se han convertido en los enemigos más temidos de la Seguridad del Estado: la represión se ha ensañado con ellos. No sin razón. La oposición en Cuba en estos momentos no se define en la lucha armada sino en la confrontación política; no hay una batalla ideológica, hay una lucha contra las ideas.
Los escritores y artistas de la isla deben sentir una profunda vergüenza por las largas condenas contra los opositores pacíficos y los periodistas independientes. No deben olvidar que, a los ojos del régimen, es igualmente sospechoso un disidente que se cuestiona el curso del proceso social y un creador interesado en difundir su punto de vista. La única diferencia aceptada es el grado de encubrimiento a la hora de exponer una opinión. En ambos casos, el grado de distanciamiento del punto de vista oficial lo establece el régimen. No son sólo las circunstancias las que hacen más o menos permisible una crítica. Castro es quien se abroga el derecho de dictaminar sobre qué protestar, cómo y cuándo hacerlo.
Desde hace años, el deteriorado aparato cultural del régimen cubano ha buscado el apoyo internacional, sin excluir a una parte de la comunidad exiliada. Ha aumentado la comunicación intelectual entre Cuba y los exiliados. Este es un hecho positivo cuando no se pierde de vista el concepto de que la cultura la constituyen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las llevadas a cabo por un Estado.
El rechazo a las medidas represivas que ha manifestado buena parte de la intelectualidad europea —especialmente el repudio al castrismo por escritores y artistas que tradicionalmente han defendido puntos de vista considerados progresistas, liberales o de izquierda— repercutirá sobre los creadores de la isla. Castro los cogerá de chivos expiatorios, se vengará en ellos.
Todo escritor y artista honesto que vive en la isla está ante una situación sumamente difícil. Guardar un silencio culpable compromete la dignidad intelectual del país. Manifestarse abiertamente implica no sólo un peligro personal, sino también la posibilidad de ver interrumpida la labor creativa. Queda a cada cual determinar qué es más importante. Como nación, Cuba atraviesa una crisis cultural sin salida. Con el tiempo se sabrá si este año marcó una etapa de intelectuales silenciados o silenciosos. No se puede arengar desde el exterior el asumir un compromiso que se negó al abandonar el país. Sí se puede sugerir que, al menos, se practique un retraimiento decente.

Ciertas figuras clave de la cultura cubana están obligadas a manifestar su criterio en estos momentos. No se incluye en este grupo a los funcionarios de todo tipo, que amparados en sus cargos desde hace muchos o pocos años vienen divulgando sus obras, con independencia de las mismas. Son los que en otras épocas sufrieron persecuciones, los que en determinado momento fueron marginados; quienes han logrado mantenerse en el difícil equilibro de continuar viviendo en Cuba y escribir, pintar, componer y crear sin que por ello puedan ser considerados simples alabarderos del régimen. O al menos sin que se pueda decir que siempre su papel se ha limitado a servir de cortesanos ilustrados.
No los salvará que, en la tranquilidad de una sala familiar o en un momento de confidencia, declaren a sus amigos que ellos no tienen que ver nada con el régimen, que están en contra de lo que está ocurriendo. Esto lo deben de haber hecho y van a seguir haciendo, con todo el derecho que les asiste por vivir bajo un gobierno totalitario.
El problema es que Castro le ha dado marcha atrás al reloj. Ya no se puede repetir, como hace unos meses, que la época de la represión y la persecución a los intelectuales quedó atrás. Para el gobernante cubano, los escritores y artistas no son más que personajes peligrosos o muñecos insignificantes, dedicados a un oficio que él se empeña en convertir en una actividad pueril. No admite otra clasificación.
No es hay que pedirle a un intelectual que, en razón de su oficio, sea un valiente. Tampoco que sus opiniones políticas tengan más valor que la de cualquier otro ciudadano. No se trata de hacer un llamado a comportarse como héroes. El heroísmo es casi siempre una salida desesperada ante la mediocridad y la estulticia, pero un gesto condenado a consumirse en su propio esplendor, incapaz de dejar huella duradera en la vida del país salvo en el reino de lo anhelado y ausente. Sin embargo, existe una tendencia histórica en la nación cubana, definida por una actitud intelectual y antidogmática, que desde los primeros afanes independentistas hasta hoy siempre se ha propuesto la creación de un país libre. Esta tradición no puede dejarse a un lado. Quienes no puedan alzar la voz para denunciar la injusticia, deben tener al menos el pudor de callarse. Pero este silencio debe ser una forma de protesta.
Publicado el jueves 1 de mayor de 2003 en Encuentro en la Red

Reverencias y Riberas




Hace apenas dos años, al escritor que opinaba constantemente sobre la situación imperante en su país y en el mundo se le veía como una especie en peligro de extinción. Al fallecer Arturo Uslar Pietri, a comienzos del 2001, esta sospecha se hizo aún más fuerte. Al igual que el escritor venezolano, autores como los mexicanos Alfonso Reyes y Octavio Paz, el español José Ortega y Gasset y el cubano Fernando Ortiz eran sombras de otra época.
Los intelectuales que entendieron la labor de educar como un ejercicio diario —a través de la prensa, la televisión o el libro— se vieron sustituidos por los informadores profesionales: especialistas en adecuar las noticias y las opiniones de acuerdo a los cambios climáticos, las horas de ocio y los niveles de consumo. Hombres que en algunos momentos rozaron el poder político o formaron parte de él, pero que se sintieron más a gusto en sus bibliotecas —aunque siempre con la ventana abierta— pasaron a ser considerados piezas de museo: inútiles en un mundo que avanzaba a la globalización y donde las utopías y los grandes debates ideológicos eran parte de la prehistoria. El descrédito de la izquierda fue la causa principal —aunque no la única: la especialización y el aislamiento académico también fueron factores importantes— de la decadencia del papel de los intelectuales. La causa neoliberal sólo ha contado con un escritor en lengua española de gran fama internacional: Mario Vargas Llosa. Su notoriedad, sin embargo, no opacaba que cada vez más se percibiera al quehacer intelectual como un oficio del siglo pasado.
Que el intelectual viera relegado su papel en los aspectos políticos no fue necesariamente una consecuencia negativa. Quizá todo lo contrario. Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los medios de gobierno —aun limitada a los aspectos de orientación— no sólo había resultado en muchos casos errónea, sino incluso contraproducente y hasta peligrosa. Resultaba entonces saludable pensar que lo mejor era que se dedicara a escribir sus libros o filmar sus películas y no “perdiera su tiempo” en otros asuntos, salvo por razones de subsistencia. Pareció adecuado entonces mantenerse en la ribera. Cuba continuaba siendo una excepción, pero incluso en este caso se alzaban voces que intentaban propiciar un acercamiento en que el debate político —si no podía quedar completamente excluido— fuera al menos relegado a un segundo plano. Las intenciones resultaron claras en pocas ocasiones y torcidas la mayoría de las veces, aunque la posibilidad no debía despreciarse simplemente con una negativa. Las circunstancias han cambiado, pero la negación continúa siendo una respuesta incorrecta.
Para devolverle prestigio y necesidad a la participación del intelectual en los asuntos públicos no bastaron el reconocimiento al papel desempeñado por figuras como Alexander Solzhenitsin y Czelaw Milosz. Tampoco los múltiples homenajes y las memorias recuperadas de los cientos —o miles— de escritores que murieron en el gulag. Ni siquiera el valor sostenido de la labor ejemplar de Georges Orwell. Hace poco se conmemoró el centenario del nacimiento de ese hombre que constituye un paradigma del siglo pasado —y posiblemente también lo será de éste—: el escritor que no temió equivocarse ni comprometer su carrera en su afán de advertir las injusticias.
Fue necesario el cataclismo de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2002 —y sus consecuencias de guerra, represión, incertidumbre y miedo— para que de nuevo se escuchara la opinión de quienes se dedican al oficio incierto de apresar palabras, interpretar una idea y trasmitir una emoción. De nuevo el intelectual se siente obligado a opinar, sobre lo que pasó y ocurre. No puede librarse de la maldición que arrastra todo creador: dar a conocer su punto de vista e incluso participar de alguna forma en la vida social y política. En Estados Unidos, el país donde el escritor parecía alejarse cada vez más del acontecer diario, tuvo que volver a ocupar un papel que por momentos agradece y en otros detesta. Hoy se alzan las voces de los autores norteamericanos con una fuerza desconocida hasta hace poco.
Al horror del terrorismo y la guerra se suma ahora la ola represiva desatada en Cuba. En este caso tampoco es posible la indiferencia, o esa forma mezquina de alejarse de la costa que es la justificación ante lo injustificable. La denuncia de la represión en la isla debe servir también para cuestionarse la farsa de borrón y cuenta nueva con que el régimen de La Habana viene intentando diluir la necesidad de una orientación moral y cívica del país.
Durante los últimos años, el gobierno castrista practicó una banalización de la censura con actos y gestos tardíos: conciertos de rock y rap, una estatua de John Lennon, la aparición de obras prohibidas y la publicación de autores fallecidos en el exilio. Se acudió a los sepultureros de turno, y comenzó a desempolvar libros censurados, canciones prohibidas y películas enterradas en bóvedas. No se trata de una condena en abstracto. Divulgar en la isla la obra de un escritor censurado no deja de ser meritorio, por encima de la mediocridad del recordatorio oportunista. Pero hay que deslindar entre la ilusión de un pasado enterrado —destruida brutalmente por la realidad del encarcelamiento de decenas de ciudadanos pacíficos empeñados sólo en divulgar la verdad— y una actitud ante la vida que se limite a mirar hacia otro lado mientras se cometen injusticias.

Ahora más que nunca es necesario que los intelectuales cubanos asuman su papel. No se trata de confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez el héroe independentista elevado a la santidad nacional. Pero responder a esta urgencia hace indispensable plantearse varias preguntas que no tienen una respuesta fácil. La primera es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria. De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así Cuba sería un páramo cultural porque siempre han existido razones para el fuego. El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del “Apóstol”: más bien hizo todo lo contrario durante toda la tiranía de Batista y en algunos casos y situaciones también tras el primero de enero de 1959: se alejó lo más posible de las llamas.
Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento —no pocas veces usado como justificación— de que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser eso: fines políticos, medios para alcanzar el poder. A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado. Apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen, pero rechazar en bloque a todos los creadores es menospreciar la cultura. Aquí están presenten las dos principales reacciones ante los artistas e intelectuales procedentes de Cuba manifestadas en Miami. La primera es de franco rechazo, de oposición abierta, de desprecio y odio. La segunda es la búsqueda pasiva de un espacio abierto que permita el encuentro. Ambas han mostrado su ineficacia. Bajo los términos ambiguos de la tolerancia y la intolerancia no se ha logrado alcanzar la necesaria delimitación de linderos: el rechazo lleva a la pérdida de la confrontación, por la que a veces vale la pena pasar por alto las trampas del enemigo. Juntos pero no revueltos.
Queda también la urgencia de debatir una situación que no resulta fácil de comprender fuera de Cuba, y cuya capacidad de asimilación comienza a alejarse desde el día en que uno sale de la isla: el ambiente de encierro, frustración y desesperanza en que viven quienes no abandonan el país.
Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. Resulta muy difícil, por no decir imposible, la creación de una obra sólida dando la espalda a la realidad nacional. Al menos para un escritor. Nadie puede librarse del acecho de “algún poema peligroso”. El intelectual cubano está obligado a tomar partido. No es un problema político. Es una condición moral.
Un texto de Guillermo Rodríguez Rivera sobre Raúl Rivero —aparecido en la publicación semanal La Jiribilla del gobierno cubano— es la mejor muestra que he leído en los últimos tiempos de la difícil encrucijada en la que se encuentran los verdaderos creadores cubanos residentes en la isla. Rodríguez Rivera nunca ha sido un oportunista. Tampoco un funcionario. Que conozca, es el único escritor cubano residente en la isla que ha logrado, en estos últimos tiempos, llamar a Rivero su “amigo” y elogiar su poesía en una publicación del régimen.
El texto es doloroso no sólo por el lamento ante el compañero preso sino también por las razones que esgrime —que apenas se atreve a esgrimir— para justificar la detención. Ambos —el detenido y el que sufre pero acata con sumisión histórica— son poetas. La justificación es, por otra parte, patética. Hay una referencia a que “la independencia siempre es relativa” —al hablar de la aparición de los trabajos de Rivero en El Nuevo Herald— que en la situación actual de encarcelamiento de su antiguo compañero transforma en procaz una afirmación que en cualquier otro contexto resulta real, pero al mismo tiempo vaga. Hay también un detenerse en el historial revolucionario del periodista independiente que no cumple la función de exaltar su obra —aunque quiero pensar que fue escrito en ese sentido— sino a mostrarlo como un confundido. A lo anterior se suma una comprensible ignorancia de la realidad y la historia del Miami, que llevan a afirmar de forma rotunda que el periódico —y como consecuencia los artículos de Rivero— aparecen “bajo el auspicio y con el apoyo del exilio cubano de esa ciudad” ¿Qué exilio? ¿Dónde colocamos entonces a los voceros radiales que se pasan la vida criticando al periódico por no responder precisamente a lo que ellos consideran la “línea del exilio”? ¿En que lugar sitúa Rodríguez Rivera a algunos de sus columnistas, que en las mismas páginas de El Nuevo Herald hemos rechazado los actos de repudio en contra de los artistas provenientes de Cuba y criticado la última marcha realizada en esta ciudad, la política del presidente Bush y la guerra en Irak? Es cierto que hay un exilio, pero también es cierto que los exiliados son diversos, que quienes vivimos en Miami no compartimos un punto de vista único. ¿Cómo hablar simplemente de auspicio al referirse a una publicación que forma parte de un enorme conglomerado de prensa, con intereses diversos en varios estados de la nación? Quiero pensar —lo repito— que es ignorancia lo que hay detrás de ese afán de despachar con brevedad las decenas y decenas de crónicas y artículos de Raúl Rivero, aparecidas en El Nuevo Herald. Trabajos que expresaron opiniones contrarias a la visión estereotipada y completamente falsa de lo que se considera en muchas partes del mundo como la esencia del exilio cubano miamense: reaccionario, belicoso e ignorante. No quiero dudar que es desconocimiento lo que llevó a menospreciar —con calificativos compartidos por los fiscales y carceleros que han encerrado al amigo— los trabajos de un periodista que entregó muchos textos en los que —por encima de la política— imperan las impresiones de la vida diaria en la isla, y donde lo que resalta es la ironía y el humor y las vivencias de un escritor que, ante la página por llenar, sólo se cuida de mantener un estilo depurado.
Más lamentable aún es que un escritor como Rodríguez Rivera sea incapaz de comprender “cuál paradoja condujo al joven poeta promovido en el dogmático e intolerante quinquenio gris, a convertirse en el único poeta que merece tal nombre entre nuestros disidentes de hoy”. No entender esa “paradoja” es no entender igualmente la existencia de la revista Encuentro, en la que Rodríguez Rivera ha colaborado, e incluso expresó su interés en seguir colaborando pese a las diferencias con su creador y quien fuera su director hasta su muerte repentina, Jesús Díaz. Resulta triste además encontrar que un ensayista tan lúcido siga justificando al proceso cubano con una visión hegeliana de la historia, que hace más de 30 años Heberto Padilla hizo trizas con unos cuantos poemas.
Tras la idea de un exilio monolítico —como pretende el gobierno cubano que es el Partido Comunista— y el asombro ante los cambios en las creencias y actitudes de cualquier hombre, habita la misma forma de pensar y juzgar. Vivir en un país totalitario es malo para la salud: corrompe el pensamiento. A veces, ya lo advirtió Orwell, ni siquiera es necesaria la residencia. Tengo una excusa más para justificar el contagio que afecta a Rodríguez Rivera.

Totalitarismo y cultura




En un día poco feliz para su inteligencia, el ministro de Cultura cubano Abel Prieto arremetió contra Raúl Rivero, Zoé Valdés y Guillermo Cabrera Infante. Con pocos argumentos, pasó de la bravuconería gansteril al discurso del inquisidor. Justificó la represión y defendió la censura. Dijo todo lo que no debe decir un funcionario invitado en un país extranjero. Dejó mal parado al gobierno que representa y pareció no importarle. Desgraciado el país cuyo rector cultural no es un policía: simplemente aspira al cargo.
Prieto dijo que los disidentes condenados en abril de 2003 habrían sido “asesinados en una cuneta” en otro país. Con ironía, al día siguiente Rivero “agradeció el gesto tan gentil” que le ha permitido seguir vivo y residir ahora en España.
No era necesario que el ministro recordara la eficiencia de la maquinaria represiva cubana, que hasta el momento le ha permitido prescindir de las “desapariciones”. Aunque, ¿no desaparecen los fusilados, no es un método eficaz de desaparición una condena de 28 años de prisión? Más importante para él fue tratar de establecer la diferencia entre un delito de opinión y el colaborar con el enemigo.
Es lógico pensar en actos de espionaje, terrorismo y sabotaje cuando se habla de “colaborar con el enemigo”. No en el caso cubano. Para el régimen de La Habana, esta colaboración puede ser un acto tan simple como publicar una crónica en un periódico de Miami y España. Como en cualquier sociedad, el gobierno de la Isla se encarga de definir lo que es un delito. Lo que disgusta a sus funcionarios es que alguien en cualquier lugar del mundo se cuestione esa definición.
“Vivimos una guerra terrible. Imaginen que España está en guerra con una potencia nuclear”, dijo Prieto. Lo difícil de imaginar es que una nación está en guerra con otra y al mismo tiempo le compra alimentos a su enemigo, agasaja a los legisladores del bando contrario y celebra subastas de tabacos donde los principales invitados y compradores no vienen de una trinchera sino viajan cómodamente al país anfitrión. Una guerra sin disparos y ataques, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entran en aguas cubanas traen mercancías que se cargan en los puertos de la nación agresora.
Sin embargo, Cuba está en una “guerra” según Prieto y no le queda más remedio que encarcelar a los agentes que luchan en favor del otro lado. Aunque esos agentes no se ocultan para realizar sus actividades. Gracias a que la revolución es generosa, a veces son encarcelados a la luz del día.
En Cuba no ha habido una “ejecución extrajudicial”, por el simple hecho de que no son necesarias. No hacen falta grupos paramilitares, guerra sucia y esbirros que actúen en las sombras. Cuando es necesario fusilar a alguien, se dicta la sentencia y asunto concluido.
El ministro también niega la existencia de “casos de tortura ni de maltrato de presos”. Sus palabras carecen de valor ante los miles de testimonios de víctimas y victimarios.
Todas estas negaciones constituyen la parte del discurso que a Prieto le es más fácil sostener. El ministro como policía. Nada ayuda tanto como un estado policial para fabricar un delito.
Hay otro aspecto en que Prieto sabe que se mueve en otro terreno. No se trata de encarcelar a un “delincuente” sino de cerrarle el paso a la divulgación de una obra literaria. El encierro puede impedir —o al menos limitar— la labor de un periodista: reducir su mundo a cuatro paredes, negarle el acceso a la información de lo que ocurre en el exterior, tratar de imposibilitar que lo que escriba —si es que lo dejan escribir— se conozca fuera de la prisión. Una novela, un cuento y un poema se mueven por otros cauces.
Por eso el ministro se vio obligado en sus palabras a inventar dicotomías, de una forma esquizoide. Justificó el castigo de los disidentes recurriendo al conocido expediente castrista de que éstos son “agentes del enemigo”. Con uno de ellos, el poeta y periodista Rivero, trató de ser más “generoso”. Por algo Prieto es ministro de Cultura, y no representa el papel de un simple policía. Ni hablar de limitarse sólo al expediente judicial. Rivero, según Prieto, es “un autentico intelectual”. Aquí surge el primer problema para el ministro. Hace años habría bastado decir que era un “agente de la CIA”. Los tiempos han cambiado. Ahora hay que convertir al poeta en dos personas. El Rivero bueno es el poeta y escritor de artículos de opinión. El Rivero malo es el “colaborador”. Una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que se paseaba por La Habana. Fue imposible meter en la cárcel sólo a uno de los dos. Ello explica que el Rivero bueno pudiera escribir poemas de amor en la cárcel mientras el malo estaba en una celda de castigo, rodeado de sapos y alimañas. Generosa de nuevo que es la revolución.
Gracias al apoyo internacional, el Rivero bueno (no hay que olvidar que es poeta) logra salir de la cárcel y marchar a España. No le queda más remedio que cargar en su viaje con el Rivero malo, que hubiera preferido seguir “colaborando” desde La Habana. Curioso que en el expediente judicial no aparezcan nunca las acciones del Rivero malo. Pero eso nadie se lo preguntó al ministro durante el encuentro organizado en Madrid por el Club Internacional de Prensa. Ahora Prieto —que por algo es ministro de Cultura y no un simple policía, como ya se dijo— está preocupado por el destino de los poemas y las ideas políticas del Rivero bueno. ¿Teme que Mr. Hyde acabe por apoderarse por completo del cuerpo del Dr. Jekyll? No hay que olvidar tampoco que el ministro de Cultura —que aparenta no ser policía es también novelista—, así que debe conocerse la trama de la novela de Stevenson.
Mal rato pasó el ministro tratando de explicar la verdad sobre el caso Rivero. Por eso quiso desquitarse al referirse a Valdés y Cabrera Infante.
A la novelista cubana trató de despacharla rápido. Negó que en la Isla existiera censura política, pero afirmó que no “estaría mal” que existiera censura literaria. Fue un respiro para él encontrar un terreno donde pudiera ser policía a secas, aunque fuera simplemente un agente del orden literario.
“No todo es publicable”, dijo al referirse a los libros de Valdés. El ministro olvidó que la decisión sobre la publicación de una obra, y el valor de ésta, es un asunto editorial, que también interesa a los lectores y a la crítica. Omitió hacer referencia a la activa labor intelectual de Valdés en contra del régimen de La Habana. Aquí no hizo falta apelar a dicotomías. Le bastó pasar de crítico a censor. Sólo que el papel de un ministro de Cultura no es censurar sino divulgar. Si la obra de Valdés no se publica por criterios literarios —dejando a un lado todos los aspectos relativos a acuerdos editoriales—, ¿por qué se omite su nombre de la prensa oficial, salvo para atacarla en alguna publicación destinada a un público extranjero? Dar noticia de los premios obtenidos por la escritora no es valorar su obra: es simplemente divulgar una información. Cuba no sólo no publica a Valdés, sino que ignora su existencia.
Queda por último el caso de Cabrera Infante. El caso de censura cubana que por años ha perseguido a los funcionarios cubanos. Prieto dice que Cabrera Infante está en “los diccionarios de literatura”. La referencia alude a la edición en internet del Diccionario de Literatura Cubana, porque fue notoria su exclusión de la edición impresa de 1980. Por otra parte, desde hace muchos años la prensa oficial cubana ha omitido cualquier referencia a Cabrera Infante, desde el otorgamiento del premio Cervantes hasta su fallecimiento reciente. El ministro afirma que en Mea Cuba Cabrera Infante escribió contra José Martí. Eso es falso. No sólo Cabrera Infante no escribió contra Martí en el libro mencionado, sino que fue el más importante escritor exiliado que se encargó de la divulgación de la obra martiana en España, de los escritores exilados. De hecho, la edición española del Diario de Campaña de José Martí lleva un prólogo de Cabrera Infante.
Prieto va más allá de la mentira, al convertir en una especie de delito el falso ataque contra Martí. ¿Qué libertad hay en un país donde no se pueda atacar a un escritor, aunque sea “lo más esencial de nuestra literatura”?
Así se llega a la justificación final de la censura en boca de Abel Prieto: lo que muchos definen como censura literaria, en la Isla es “el canon literario cubano”, nos dice.
El funcionario apela al concepto del canon para justificar su dogmatismo. Hablar del “canon literario cubano” se ha puesto de moda a partir de la obra de Harold Bloom. Rafael Rojas le ha dedicado un libro, Un banquete canónico, y Roberto González Echevarría un artículo, Oye mi son: el canon cubano, además de que Roberto Fernández Retamar le dedicó un largo ensayo, Calibán, publicado y años más tarde revisado, que precede a todos los anteriores. Además de que Prieto se destapa como lector asiduo de la revista Encuentro, se ve obligado a apelar a un concepto reaccionario —todos los cánones son por su propia naturaleza reaccionarios— para justificar, desde el punto de vista cultural, lo que no es más que un acto de censura.
Es difícil lograr en un puñado de declaraciones torpes tantas transformaciones. Hay que reconocerle el mérito que tiene el ministro al lograrlo. Es necesario algo más que el azar para recorrer en tan breve tiempo los caminos del policía, el censor y el inquisidor. No hay ejemplo literario a la mano y sólo puede venir en la ayuda el cine, con las películas sobre personajes con personalidad múltiple que la moda del psicoanálisis logró colar en la pantalla. Más que curioso que Prieto no echara mano a la repetición de que el Aleph de la cultura cubana se encuentra en la isla. Al verse atrapado en la defensa de una ideología estéril, no le quedó otra alternativa que aplicar un criterio de autoridad, que elimina las diferencias y crea un tablado de santos que deja fuera a los herejes ilustres. Sólo cabe preguntarse: ¿en qué círculo del Infierno hubiera colocado Dante a Abel Prieto?

Asnos sin garras



La presentación, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, del número de la revista Letras Libres dedicado a Cuba, fue interrumpida por una numerosa claque —pagada no para aplaudir sino para escupir— que respondió con gritos y muestras de mala educación a las palabras de los miembros del panel. No cabe duda de que se trató de una actividad organizada desde Cuba, con el objetivo de amedrentar cualquier manifestación contraria a la imagen plácida y engañosa con que quiere vestirse el régimen de La Habana.
Por un minuto quiero imaginar que no se trató de un acto organizado, sino de una explosión espontánea en favor de la revolución cubana. Quiero imaginarlo. Sé que no fue así, pero tengo el derecho de la imaginación.
Ese mismo derecho me permite presumir dos actividades, que podrían haber ocurrido en Cuba si ésta fuera una nación libre.
Hace poco visitó la isla el célebre realizador cinematográfico Steven Spielberg. Un grupo de jóvenes y no tan jóvenes se reúne en las afueras del cine donde se proyecta una de las películas del director norteamericano. Protestan contra el cine comercial hecho en Hollywood, del cual Spielberg es uno de sus representantes más destacados. Critican el colonialismo cultural Made in USA, que se impone en el planeta. Rechazan la visión el mundo que presentan las películas realizadas en Estados Unidos. Se apoyan en diversos comentarios del presidente cubano, Fidel Castro, que en varias ocasiones ha manifestado su disgusto por las películas yanquis. Alaban la política cultural de La Habana, que por décadas mantuvo alejadas de las pantallas del país películas racistas como Lo que el viento se llevó. Son abanderados del ya histórico nuevo cine latinoamericano y de lo mejor de la producción fílmica socialista, desgraciadamente desaparecida tras la caída de la Unión Soviética y el fin de las “democracias populares”. “Fuera el cine comercial del norte revuelto y brutal de nuestras salas”, gritan los manifestantes. Varios que han logrado entrar en la sala oscura lanzan bostezos y hacen un llamado a la conciencia crítica de los espectadores. En el vestíbulo, dos o tres tratan de repartir viejos ejemplares de las revistas Cine Cubano y Arte 7. Una muchacha distribuye críticas de Mario Naito, apenas legibles por los años.
¿Hubiera sido posible esta manifestación en la isla? Sus organizadores estarían en estos momentos presos, acusados de provocadores, agentes de la CIA y otros cargos similares.
En fecha reciente se celebró una feria de productos agrícolas norteamericanos en la capital de la isla. Participaron numerosos granjeros del Norte. Otro grupo de jóvenes y no tan jóvenes logra entrar en el evento y expresan su solidaridad con los trabajadores agrícolas inmigrantes —muchos de ellos mexicanos— que año tras año son explotados despiadadamente en los campos de Estados Unidos. Claman en favor de la creación de sindicatos que protejan los derechos de los indocumentados, de que se les pague un salario decoroso y tengan beneficios indispensables, como seguro médico para ellos y su familia, vacaciones y el pago de horas extras. ¿Es posible hablar en La Habana, en favor de los desamparados y en contra de la explotación capitalista, en ésta u otra actividad concebida por el régimen para ganarse el favor de antiguos enemigos? ¿Gritarle a los legisladores republicanos y demócratas, de visita en la isla, que son parte de un régimen condenado por la historia? La cárcel es el destino que espera a cualquiera que trate de llevar a cabo un acto similar.
¿Pudo alguien decirle a Jimmy Carter que por cuatro años fue el representante de un gobierno imperialista ¿Fue posible recordarle al Papa los crímenes cometidos por la Inquisición? Si en algún momento durante el castrismo, un presidente norteamericano llega a viajar a Cuba, ¿aparecerá un cartel que diga Yanqui Go Home?
Nada de esto es posible. Por lo tanto, cualquiera que apoye un acto de la revolución cubana, en cualquier lugar del mundo, debe tener bien claro que su papel se limita a hacer de monigote del régimen. No importa cuáles sean sus intenciones, su ingenuidad o los motivos para su rechazo a las injusticias emanadas de la globalización, el nuevo orden mundial o el capitalismo.
Esta es una de las diferencias fundamentales que separan al castrismo de las imperfectas sociedades democráticas. El derecho a protestar de forma espontánea —con razón o sin ella— sobre cualquier cosa. No importa si la protesta sea efectiva o no, si logre ser oído o se limite al papel de payaso. El derecho a protestar sin ser dirigido. La opción a equivocarse o acertar. La posibilidad de manifestar una opinión propia. La diferencia no está entre gritar, aplaudir o saludar. La diferencia es poder hacerlo con voz propia. Lo demás es un problema de educación, respeto o salvajismo. En todo caso, siempre es preferible un salvaje espontáneo que un cortesano amable.
En Guadalajara no hay cabida para la espontaneidad, si se trata de apoyar a Castro. Nada diferencia a los cultos de los maleducados. Títeres con distintos disfraces, a los que mueve un mismo hilo.
¿Quién se atreve a afirmar a estas alturas de que se trata de un evento cultural, donde sólo está en juego la calidad literaria o la difusión de las obras? No este año. No cuando Cuba —o mejor dicho, la realidad cubana desvirtuada que es el régimen castrista— está presente, de forma dominante y tratando de avasallar a los opositores.
Los escritores y artistas de la isla, o los pocos residentes en el exterior que forman parte de las actividades oficiales de la delegación cubana, deberían sentir una profunda vergüenza por lo ocurrido durante la presentación de la revista Letras Libres: un saludable rechazo por quienes ensuciaron el acto. Si no lo sienten, es porque ellos están sucios también. No deben olvidar que a los ojos del régimen no hay diferencia alguna entre un perturbador que obedece a sus propósitos y un creador interesado en la difusión de su obra. Castro es quien se abroga del derecho de dictaminar sobre qué protestar, cómo y cuándo hacerlo. El precio de ser invitado en nombre de La Habana—¿no sabían los organizadores mexicanos (que parecen desconocer la obra de Octavio Paz) que los cubanos tienen dos patrias: Cuba y la noche, sólo que Castro ha convertido a la noche en una “noche triste”?— es convertirse en monigote.
Monigotes son los ancianos poetas de verso refinado, los ensayistas que han gastado muchas noches de su vida descifrando textos, los novelistas que lograron concebir tramas complejas y personajes destacados y los autores teatrales de dramas y comedias sobresalientes. Ninguna acrobacia de ballet abolirá el asco de la Feria. Mucho menos un cantante de voz breve y algún que otro desafinado. Ni las rumberas logran salvarse en Guadalajara.
Entre un bestia que tosió, gritó y bostezó durante la presentación de Letras Libres y un intelectual que llega del mar al lago, y al menos reclama un mínimo de atención en la lectura de su obra, no hay diferencia alguna. No hay diferencias entre un gritón en una Guadalajara hospitalaria para los castristas y no tan hospitalaria para los contrarios, y un cantante que viaja a una Miami en última instancia hospitalaria para todos, porque de lo contrario no podía entrar aquí, y se queja —con razón— de que unos pocos energúmenos griten y lancen alguna que otra botella a los que quieren oírlo, y tenga que intervenir la policía para asegurar que reine la calma —como debe ser, le guste o no le guste a todos, y sin olvidar las diferencias entre una ciudad extranjera para todos y una comunidad exiliada— “porque él es un artista y no un político”.
Sí hay una diferencia notable entre Miami y Guadalajara para el intelectual o artista que viene de visita. Una diferencia de trajes, pero no de ropa. Para venir a Miami todos se visten de creadores. Para viajar a Guadalajara, tuvieron que aceptar disfrazarse de políticos, de alabarderos de un régimen que muchos de ellos desprecian y esperan impacientes por su desaparición. No importa que luego, en la tranquilidad de una sala familiar o en un momento de confidencia, declaren a sus amigos que ellos no tienen que ver nada con el régimen. Como han hecho y van a seguir haciendo, con todo el derecho que les asiste por vivir bajo un gobierno totalitario: cambiar de casaca.

Todos, poetas, novelistas, narradores, músicos, pintores y artistas en general deben saberlo: para Fidel Castro no son más que marionetas. No importa el disfraz. Para no seguir haciendo un papel tan triste tendrían que abandonar casa, ropa y comida.
El problema es que lo saben. Si callan o gritan es porque les mandan. Los domina el miedo, Un miedo real y hasta cierto punto justificado, porque muchos de ellos sufrieron la represión y el recuerdo de las purgas y el ostracismo es una memoria aún muy reciente, pese a que también algunos de esos mismos perseguidos de hace unos años se apresuren en declarar ahora que el pasado ha quedado atrás. Una parte del pasado ha quedado detrás; la otra vive en el presente. Son esclavos, aunque luego se encierren frente a una hoja en blanco y logren llenarla con un mínimo de literario decoro. Son bufones, pese al prestigio que puedan otorgarle sus libros. Sólo algunos para el exilio y pocos para el mundo: todos para los ojos de Castro.
Para el gobernante cubano, los escritores y artistas no son más que muñecos insignificantes, dedicados a un oficio que él se empeña en convertir en una actividad pueril: charlatanes temerosos ante un periodista y deslumbrados frente a una sala llena de un auditorio complaciente: asnos sin garras los que gritaron; asnos con herraduras los que todavía no se atreven a salir del pesebre, ya sea en Cuba o en el exterior.
Bestias de carga. Nobles brutos. Eso es lo que son a los ojos de un dictador que goza del poder de convertir un evento literario y editorial en una confrontación política. Cuando no puede mandar a sus tropas, Castro se limita a enviar a la impedimenta.

viernes, 5 de enero de 2007

La revolución de Henry Cartier-Bresson


Hay otra fotografía de Ernesto "Che" Guevara. No tan conocida como la famosa foto del Che, aunque la tiró un fotógrafo más célebre. Al contemplarlas unidas, las diferencias hacen evidente que lo importante no es el sujeto que aparece retratado, sino la fecha en que son publicadas. La primera estuvo guardada en un archivo por varios años y la posterior fue divulgada de inmediato.
La distancia entre ambas encierra la historia de la revolución cubana. La foto menos famosa nos muestra a un Che jovial y joven -pese a las arrugas prematuras del rostro. El llamativo reloj en el brazo izquierdo, las dos copas y la taza de café al frente contribuyen a humanizar el retrato. Pero es la sonrisa del guerrillero la que nos devuelve a la época en que aún era posible la duda: nada más alejado de las intrigas por el poder, los combates sin escapatoria en la aridez del campo latinoamericano y el empecinamiento en una lucha a muerte que ese argentino --porque la instantánea permite otorgarle una nacionalidad y no perderlo en un símbolo-- que mira confiado y risueño a sus supuestos interlocutores.
Una logra acaparar una eternidad que ahora se resume en camisetas y carteles para turistas y manifestantes tras una ilusión perdida. La segunda es apenas un documento histórico. La primera y famosa se identifica con un período convulso, que afectó a todos los países. La otra nos devuelve a una época de ilusión en sólo una isla; permite una mirada triste pero no un rechazo en blanco y negro.
Henry Cartier-Bresson llegó a La Habana en 1963, para captar el momento aún sostenido de una esperanza que se perdía irremediable en los excesos. Vino a mirar el despertar cubano --del que sólo sobreviven documentos como su fotografía del Che--, pero especialmente a transmitir al mundo sus imágenes, como una forma de entender lo que ocurría en un país enfrentado a una gran potencia y cada vez más aliado a otra. Viajó enviado por la revista Life, para realizar un reportaje gráfico de la Isla, gracias a su condición de fotógrafo de primera y ciudadano francés. Lo hizo con el entusiasmo que lo caracterizaba --siempre estar en la primera línea en cualquier lugar del mundo en que surgiera una noticia--, pero también con la prudencia del que sabe los peligros que acechan al que marcha en busca de la historia.
Antes de viajar a Cuba, se comunica con Nicolás Guillén -al que conocía desde 1934- e indaga las posibilidades que tiene de poder moverse sin problemas: ''lo que más me gustaría es no estar con las delegaciones y hospedarme en el viejo hotel Inglaterra --que probablemente esté muy destartalado--, donde se hospedó Caruso''. El poeta nacional apoya la idea: ''De acuerdo. Qué más''. ''Quiero que me asignen un intérprete'', añade el fotógrafo. ''¡Pero si tú hablas español!'', replica asombrado Guillén. "¡Sí, pero de este modo sabré dónde me meto!'', responde previsor.
No por gusto ''el ojo del siglo XX'' había estado en la guerra civil española, participado en la lucha de liberación de Francia de la ocupación nazi y presenciado el triunfo de Mao, el ''deshielo'' en la Unión Soviética, el asesinato de Gandhi y la construcción del Muro de Berlín.
A la muerte de Cartier-Bresson -el 2 de agosto deL 2004--, en Cuba no faltaron los elogios al hombre que había fotografiado el proceso revolucionario en sus inicios, pero tendiendo un "manto piadoso'' de silencio sobre el texto que acompañó las imágenes. Porque el reportaje gráfico aparecido en el número 54 de la revista Life (del 15 de marzo de 1963) no sólo contiene las fotos de HCB --las siglas con las que era conocido Cartier-Bresson, como si se tratara de la marca de una impresora-, sino también el testimonio de su visita. Palabras e imágenes que no pueden ser separadas, porque ambas responden a una visión desprejuiciada -por momentos aguda, en ocasiones ingenua- de lo que ocurría en la Isla.
HCB llega con los ojos del europeo que ha visto mucho y busca lo diferente. Lo resalta en todo momento: encuentra que hay un proceso en gestación que se diferencia del soviético y el chino. No por la falta de intención de quienes gobiernan, sino por la idiosincrasia del cubano. El francés nos ve dicharacheros, indisciplinados y astutos: incapaces de ser sometidos a la disciplina regia del totalitarismo.
Señala en favor de su tesis ciertas características que luego serían abolidas: noticias sobre religión publicadas en el periódico El Mundo, la persistencia de una prostitución permitida y la lotería. Pero destaca sobre todo la existencia de una doble moral, que lleva a que un importante funcionario del régimen le haga chistes contrarrevolucionarios y que un poeta lo lleve a un culto afrocubano, para confesarle luego que: ''Somos marxistas-leninistas durante la semana, pero el domingo lo reservamos para nosotros''. Al mismo tiempo, alerta sobre el peligro que representa una institución como los Comités de Defensa de la Revolución, que considera ''perniciosa, una invasión de la privacidad, en el mejor de los casos, y el comienzo del control del pensamiento y la cacería de brujas, en el peor''.
Donde se hace más patente esta visión --donde la comprensión de lo nuevo marcha pareja con un deslumbramiento superficial-- es en su percepción sobre el Che Guevara y Fidel Castro. Al Che no le ve como "un hombre violento pero realista'', para agregar: ''Un hombre persuasivo y un verdadero anarquista, pero no es un mártir. Uno siente que si la revolución en Cuba resultara aniquilada, el Che reaparecería en otro lugar de Latinoamérica, vivo y arrojando bombas''. De Castro afirma que es "un verdadero Mesías y al mismo tiempo un mártir. A diferencia del Che, creo que preferiría morir que ver desaparecer a la revolución''.
Es el fotógrafo en plan de apoderarse de la realidad con la mirada de su cámara, pero también el francés que ve a las mujeres -por delante y por detrás- con la codicia del mirón: las prostitutas redimidas, "la compañera'' que de pronto abre la puerta de una habitación --en el corredor de un hotel--, a la que devora con la vista y compara ventajosamente con Brigitte Bardot, para encontrar una respuesta cómplice de su acompañante cuando inquiere por ella: "Trabaja en el Ministerio de Industria''. Quien luego agrega: "Todas las noches estudia libros rusos de planificación industrial''.
Por eso, al describir un discurso de Castro, se permite un comentario irónico: "Tras hablar durante tres horas, las mujeres en su presencia aún temblaban de éxtasis, pero había puesto a dormir a los hombres". Se entiende la renuencia actual en Cuba a detenerse en sus palabras.
La foto del Che de Cartier-Bresson --publicada en la revista Life-- responde a esta visión humana, demasiado humana. La de Alberto Díaz Gutiérrez Korda llega a la leyenda por un camino distinto: es la representación perfecta del mito; se convirtió en un icono el pasado siglo y mantiene aún su vigencia en las protestas actuales contra la globalización y el libre comercio. Pero a diferencia de la del fotógrafo francés, en sus orígenes no fue reconocida como un "instante decisivo'' -la estética que hizo famoso a HCB-, sino que tuvo que esperar a ser descubierta por el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, tras la muerte del "Guerrillero Heroico''.
En vida, Korda repitió a todo oído atento y entusiasta la historia de aquel momento: fue durante el entierro de las víctimas de la explosión del vapor La Coubre, en 1960. Era fotógrafo del periódico Revolución y fotografiaba a quienes estaban en la tribuna del acto. Descubre el rostro del Che, lo encuadra y oprime el obturador dos veces.
Por vocación u oportunismo, Korda dijo en más de una entrevista que consideraba a HCB una fuente de inspiración, y que de acuerdo al postulado de la importancia del "instante decisivo'' -aunque desconociendo entonces lo dicho por Cartier-Bresson- había logrado captar el rostro del Che en aquel momento revelador. Una declaración que hay que admitir con cierta reserva, si se tiene en cuenta su actividad profesional antes del triunfo de la revolución: fotógrafo de modelos con más o menos ropas, que aspiraba a convertirse en el Richard Avedon cubano.
Este escepticismo ante unas palabras muy convenientes a su merecida fama de reportero gráfico de los principales acontecimientos nacionales --las únicas imágenes que hay que creerle a los fotógrafos son las que salen de sus cámaras-- no intenta restarle valor a su obra. Korda fue famoso en todo el mundo por su fotografía del Che, pero en su carpeta hay muchas otras también de gran mérito. Entre estas se destacan la del campesino trepado en un farol, durante una concentración en La Habana, y la de Camilo Cienfuegos entrando en la capital con una caballería rebelde -por citar dos ejemplos bien conocidos.

Por los contrastes que crean las asimetrías, hay otras dos imágenes que permiten más de una comparación. Una es de HCB, y es su foto más famosa: un hombre corre sobre el suelo mojado en la estación Saint-Lazare en París. En la otra Fidel Castro -cubierto con un enorme abrigo de pieles, gruesas botas y una carabina en la mano- camina pausadamente por un paisaje nevado, durante una cacería en Rusia, en la época de Kruschev. Esta última es de Korda. No hay un mejor paralelo entre la indefensión cotidiana del ciudadano y el poder tropical absoluto trasladado de pronto a la estepa rusa.
Hay más en común entre la foto del Che de Korda y la de HCB, y es la máquina fotográfica -un término que pretende mecanizar un oficio nada mecánico, y mucho menos objetivo, que depende de la inspiración tanto como lo hacen la música y la pintura. Ambas fueron tomadas con una Leica. La cámara alemana que Cartier-Bresson impuso al mundo de los reporteros gráficos, por ser de gran calidad y al mismo tiempo portátil. Tres Leicas --la tercera en las manos de Jesse Fernández- se emplearon en la mayoría de los mejores retratos hechos en Cuba durante la segunda mitad del pasado siglo.
La fotografía de Cartier-Bresson que ha alcanzado el mayor precio en una subasta es de Cuba, pero no tiene nada que ver con la revolución, ya que fue hecha durante una visita anterior a la Isla. Se vendió el 16 de noviembre de 1999 por $24.030. Titulada Cuba, 1934, era su preferida. La eligió para abrir la exposición de homenaje por sus 95 años -que sabía era también su despedida del mundo que recorrió de arriba a abajo, una y otra vez. Catalogada como una de las más importantes de Europa el año pasado -con 350 fotografías, tres documentales y horarios de visita ampliados-, a la muestra se le considera la mayor representación antológica jamás montada.
Miles desfilaron entonces ante esa fotografía cubana en blanco y negro --de tonos oscuros--, que impresiona por su aridez: un tiovivo abandonado con unas paredes casi derruidas al fondo y una figura que se pierde en ese paisaje de ruinas. A quien había retratado los campos de concentración nazi, le bastó en esta ocasión con unos caballitos de madera sin cola, que aparentan saltar por los escombros, para escapar de la desolación.
Este artículo apareció por primera vez el 1 de octubre de 2004 en Encuentro en la Red.