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martes, 8 de marzo de 2022

Diáspora, exilio, frontera


La diáspora cubana es un concepto que define, por hiperbólico, el carácter de un pueblo condenado a buscar una grandeza que desborde la isla.
Es en La Habana que se empieza a hablar de diáspora, a finales de los años ochenta. Con la literatura adquiere el pasaporte a la fama: los escritores de la diáspora. Pero ya desde antes se había iniciado una búsqueda de neutralidad.
Hablar de la comunidad cubana en el exterior, al referirse a quienes viven en el sur de la Florida y no mantienen una supuesta beligerancia anticastrista.
La diáspora abarca toda la geografía. Hubo que inventarla para no mencionar al exilio y para no hablar de Miami, o al menos para restarle importancia.
A partir de entonces surge una terca batalla de ciegos y sordos. Muchos exiliados se niegan a verse incluidos bajo tal sombrilla. En Cuba la palabra forma parte del oficialismo, con una ignorancia contundente.
La diáspora nos es ajena, porque muchos no fuimos expulsados. Buscamos el destierro como una bendición y no como un castigo. Aunque también la diáspora nos pertenece, ya que en la partida hubo mucho de culpa y persiste el desarraigo.
Fue en Cuba donde se apropiaron de una palabra hebrea. Es en el exilio donde nace la identificación con el pueblo judío. Cuando La Habana comenzó a hablar de diáspora, tuvo el propósito de ignorar a Miami. Por eso aquí se rechaza el término, sin por ello dejar de insistir en la actitud de proclamar a esta ciudad como el sitio temporal de la nueva Jerusalén, la Tierra Prometida, el comienzo que algún día se trasladará a la isla. Los inmigrantes errantes tienen en algún momento que volver la mirada hacia el centro vital, que es el punto de partida.
Diáspora y Aleph se complementan, comparten el mismo fundamento. Nada más irónico que la repetición de que el Aleph de la cultura cubana se encuentra en la isla. La afirmación como un afán por establecer un lugar ideal, donde radica la totalidad de las posibilidades creadoras, las que confluyen sin confundirse y son vistas desde todos los ángulos. El sitio en que converge y se almacena íntegra la diversidad artística. El universo que contiene todos los bordes y fronteras y cuyo centro no es un punto sino una circunferencia infinita. Esa letra —que más que un alfabeto es una enciclopedia— está en una nación que siempre ha escapado a las definiciones. Una nebulosa en vez de una esfera; un país pequeño, y limitado por aguas profundas, en busca de la otra costa. Una imagen que aspira a ser un concepto y no termina de definirse. Apenas una idea.
El Aleph como un recurso de urgencia que encierra el universo en un sótano. Asombra ese reduccionismo, como una justificación de un proceso revolucionario que desde su nacimiento pretendió ir más allá de sus fronteras. Primero geográficamente. No bastaba hablar de la isla de Cuba, ya que lo correcto era referirse al Archipiélago Cubano. Luego en su vertiente guerrillera, con la conversión de La Habana en un foco de irradiación de la violencia. Después imperialista, con unas fuerzas armadas al servicio de guerras extraterritoriales. Globalizadora, por último, con la exportación de médicos, maestros y técnicos a diversas naciones.
Esta extensión del país tiene su contrapartida en una vieja idea colonialista: todo esfuerzo literario, gráfico y musical fuera de la metrópolis no es más que un apéndice —a veces válido, siempre secundario— condenado a girar de acuerdo al poder dominante. Este estrechamiento con el ropaje de un plan abarcador ha tratado de sortear el egocentrismo bajo el disfraz de la asimilación cultural: reconocer la existencia de una literatura del exilio, una plástica internacional y una música que trasciende las fronteras, pero que no dejan de ser limitadas en sus logros y dependientes de la raíz. La nación no como fuente nutritiva, sino como campana bajo la cual respirar. El concepto estereotipado de la patria como madre, agrandado al endiosamiento del Estado —padre para los residentes en la isla, padrastro para quienes viven en el exterior— todopoderoso, vigilante y ceñudo.
El Miami cubano como el sustituto de la patria, la estación de tránsito, el baúl de los recuerdos y la avanzada del futuro.
El 1º de enero de 1959 nos sorprendió con apenas conocer el desarraigo. La isla siempre fue un imán para la inmigración, desde antes de su descubrimiento por los europeos. Cuba es ahora una dinamo sin tregua de generaciones de inmigrantes. Circunstancias del momento. Razones políticas.
La diáspora no existe, es solo un paréntesis. Llevamos siglos por el mundo, destacándonos en los empeños más diversos. Arte con pasaporte de avanzada. Cultura errante, llamativa y gritona.
Siempre ha existido la diáspora cubana. El exilio es una palabra dura para quienes viven fuera de la isla. La diáspora es una palabra blanda para quienes residen dentro. Hablar del exilio encierra peligros en Cuba, hablar de diáspora no.
Sin embargo, la diáspora es un concepto subversivo: implica expulsión, tiranía, ocupación extranjera, despotismo cultural y religioso y la esperanza del regreso. El exilio es simplemente oposición política.
Los exilios son tristes. La diáspora es esperanza. El exilio es una idea fija. La diáspora, siempre movimiento. La patria o la falta de patria crean la diáspora. Esta implica el renacimiento de lo perdido.
El exilio es fácil de combatir, porque representa al enemigo en retirada. La diáspora se expande y no se logra abarcar nunca.
El exilio anticastrista desaparecerá algún día. La diáspora es eterna. Ave fénix, el cubano errante, viaje de ida y vuelta, el adiós que guarda la memoria. 

viernes, 11 de abril de 2014

Otra vez el embargo


Algunas de las razones actuales para el levantamiento del embargo norteamericano hacia el régimen cubano son malintencionadas en sus pronunciamientos y lógicas en su práctica. Detrás de ellas se encuentran intereses comerciales, que no solo buscan vender unos cuantos productos. A ello se une el interés de destacar un principio: los embargos comerciales tienen poca utilidad, salvo excepciones, en un país como Estados Unidos, una nación que propugna la economía global y el liberalismo económico.
Otros motivos de rechazo pueden ser debatidos con argumentos similares, pero de signo contrario. Entre ellos, la afirmación de que el embargo es inmoral, que hay que suprimirlo para quitarle una excusa al régimen castrista y la acusación de que éste es el causante de buena parte de la miseria en Cuba.
Desde el punto de vista político o militar, los embargos ―incluso los bloqueos en el caso de guerras― no son morales e inmorales, porque la ética nunca ha formado parte de la estrategia. También al gobierno de La Habana le sobran las excusas y la pobreza que impera en la isla es una de las mejores tácticas con que cuentan los hermanos Castro, al utilizar la escasez como un instrumento de represión.
Pero a estas alturas el embargo no es una medida que se valora de forma positiva, en el país donde un mandatario la promulgó en 1962, luego de tener a buen resguardo una provisión tal de tabacos que le sobreviviría.
Kennedy no vivió lo suficiente para conocer que no era violar la ley, sino el tabaco cubano lo que resultaba dañino. Fidel Castro lo supo a tiempo y dejó de fumar. Por su parte, el embargo no se ha hecho humo en más de 50 años.
Sin embargo, a los granjeros norteamericanos no les preocupa tanto el quedar fuera del reparto de los puros, al final de la cena. Lo que ellos quieren es participar en la venta de los comestibles que se pondrán en la mesa. Si no han avanzado mucho en sus propósitos, se debe a dos razones fundamentales.
Una es que declararse a favor del embargo hasta hace poco continuaba formando parte de la agenda electoral —tanto del Partido Republicano como del Demócrata—, porque constituía uno de los pocos incentivos que se les pueden ofrecer a los votantes cubanoamericanos. Paulatinamente esta táctica electoral ha ido debilitándose, e incluso un aspirante a la denominación demócrata de Florida por el Partido Demócrata, el cambiante Charlie Crist, se ha atrevido a declararse en contra del embargo. Todavía está por verse si hay un cambio político en el electorado cubanoamericano surfloridano, que tenga una fuerza tal como para reflejarse en las urnas. Por otra parte, este supuesto cambio demográfico no afecta el poderío económico y de cabildeo del aún fuerte exilio cubano tradicional.
Aunque la reñida batalla de las primarias republicanas, durante las últimas elecciones presidenciales, volvió a colocar al embargo en primer plano, no pasó de ser un efecto local, y hasta anecdótico. En las elecciones, el tema del embargo ni siquiera salió a relucir, aunque el candidato demócrata y actual presidente reelecto siempre se ha declarado favorable a su mantenimiento mientras no se produzcan cambios político sustanciales en la isla.
Durante esas elecciones, las definiciones partidistas sobre Cuba no fueron marcadas a través de un avance sino de un retroceso: el imponer de nuevo las restricciones a los viajes y el envío de remesas, que se establecieron durante el gobierno de George W. Bush, como parte de la agenda republicana, o el mantener el levantamiento de iguales limites, decretado por el presidente Barack Obama, entre los temas demócratas. Pero lo que constituye el embargo en sí, la ley Helms-Burton, no fue cuestionado por candidato alguno.
El segundo aspecto que favorece el mantenimiento del statu quo comercial con la isla es que se trata de un mercado menor. Si Cuba fuera China, ya hace rato no habría embargo.
Así que durante estos últimos años los granjeros estadounidenses han visto aumentar y disminuir sus ventas a la isla según las circunstancias políticas. Solo que ahora las circunstancias internacionales les son menos propicias, y han comenzado a perder sus pocas esperanzas ante la realidad de los grandes países emergentes: ya Brasil ha superado a Estados Unidos como socio comercial con Cuba. Más allá de los trajines políticos en Washington y La Habana, el mercado global impone sus reglas.
Todas estas consideraciones han gravitado con mayor o menor fuerza a la hora de opinar sobre el embargo. En todas, los juicios pueden inclinarse en un sentido u otro de acuerdo a las preferencias políticas, la ideología de quienes los esgrimen y la situación reinante en los países implicados y en otros que se han sumado al panorama nacional e internacional en que se definen los usos y alcances del embargo.
Sin embargo, este análisis no debe limitarse a fines y medios, sino también a su capacidad como instrumento para llevar la democracia a la isla.
La valoración positiva del embargo encierra por lo general dos equívocos: uno es la subordinación mecanicista de la política a la economía, que se traduce en aplicar un criterio estrecho al caso cubano. Repetir aquello de “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”.
Esta actitud siempre ha chocado contra la realidad cubana. Durante los largos años de gobierno de Fidel Castro, éste siempre actuó como un gobernante, de forma dictatorial y despótica, pero nunca como un empresario.
Fue un político que se movió mejor en las situaciones de crisis que en las épocas de “bonanza” (las comillas obedecen a que el régimen nunca ha conocido ni le ha interesado establecer en Cuba un período de “vacas gordas”). Si Raúl Castro ha emprendido una vía de ´´actualización´´ del modelo, que se interpreta como la autorización de algunas reformas tímidas, no se pueden equiparar libertades económicas y políticas, a partir de que ambas son necesarias. El desarrollo de la disidencia en la isla ha obedecido a un desgaste político, no económico.
El segundo error es hacer depender la evolución política del país de una medida económica dictada desde el exterior, por otro gobierno y en otra nación. El embargo es una ley hecha en Estados Unidos, no es una creación de los opositores a Castro en la isla.
Desde hace años el embargo ha perdido ―si alguna vez tuvo― su valor de palanca para impulsar la democracia. Al ceder o estar reducido al máximo el poder presidencial para cambiar la ley, quienes la defienden no dejan de repetir unas exigencias que, de por sí, sitúan su final en un momento utópico, cuando tras la desaparición de los hermanos Castro se establezca en Cuba una democracia perfecta y un respeto a los derechos humanos intachable, además de un comercio sin barreras y una industria privada sin límites. Muy bonito, pero también poco práctico.
Cierto que en su intolerancia, el régimen de La Habana no responde a incentivo alguno, verdad también que hay un largo historial en que el gobierno castrista ha puesto obstáculos y trampas a cualquier avance en las relaciones con Washington, pero la ausencia de un plan manifiesto y conocido de incentivos parciales no hace más que ayudar a las fuerzas reaccionarias en ambas orillas del estrecho de la Florida.
De lo que se habla aquí es de un problema que, en buena medida, tiene que ver con la imagen. Para los ojos de buena parte del mundo, Estados Unidos es la nación de las restricciones y el embargo norteamericano hacia Cuba no es popular en el resto del mundo, incluso entre los aliados de este país. Basta solo consultar cualquier votación en Naciones Unidas.
Es verdad que un levantamiento total o parcial del embargo, sin exigir nada a cambio, no traerá cambios políticos de inmediato. En igual sentido, la falacia de que una mayor entrada de productos norteamericanos conllevará una mayor libertad es otra utopía neoliberal, que tiende a asociar la Coca-Cola con la justicia y a la democracia con los McDonalds. Mentira es también que el pueblo de Cuba está sufriendo a consecuencia del embargo y no por un régimen de probada ineptitud económica.
Nada de lo anterior contradice el hecho de que continuar respaldando al embargo es batallar a favor de la derrota. Algo que nunca hacen los buenos militares. Defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua custodiado por un puñado de soldados sedientos. Se trata de una herramienta poco efectiva para lograr la libertad en Cuba. Su ineficacia ha quedado demostrada por el tiempo; su significado reducido a un problema de dólares y votos.
Otra cosa muy distinta es el otorgamiento de privilegios comerciales y el reconocimiento de la participación del gobierno cubano en organismos internacionales, porque tales medidas darían una legitimidad que éste no se merece.
Hay que establecer el deslinde necesario entre las medidas económicas y las políticas. Diferenciar la función del exilio y el papel de Estados Unidos como nación. En el mundo actual, los embargos han demostrado ser de poca utilidad, y en parte han servido para el enriquecimiento de las  clases gobernantes, a las que supuestamente intentaban derrocar. Si seguimos martillando sobre una herramienta tan poco efectiva, perdemos la oportunidad de desarrollar otros frentes, cuya eficacia aún no ha sido puesta a prueba. La astucia debe imponerse sobre la testarudez.